LAS SILENTES METÁFORAS DEL RUIDO
..."No necesito amigos que cambien cuando yo cambio y asientan cuando yo asiento... Mi sombra lo hace mucho mejor." Plutarco.
PARTE UNO: LA REBELIÓN DEL OLVIDO
PORVENIR
Encontré el rostro del desaliento, cuando, con marcado acento forastero, ella, la atardecida, soplaba el calor del tiempo, dibujando la caída del último fetiche.
Los neones titilaban un aceitoso ruidoso, signo unívoco de los detalles marcados en los corrompidos ciclos de una época quebradiza, izada en la proa del tiempo.
Sin inmutarse, en el doblado sentido de la vejez, ella resumió la escarcha de la derrota.
No hubo letras tan anchas para cubrir el espacio abandonado por el cuerpo, ni sosiego en el descanso de la respiración.
Me levanté, iracundo tomé su cuello entre mis manos, sobresaltado, herido de incertidumbre, reconocí en sus ojos, la debilidad de la muerte.
Ahí marqué su abismo, elevé desde la garganta mía, un alucinante canto al porvenir.
PARADOJA
En los labios, un mendrugo de pan santificado, dos maderos atados a un hombre, al privilegio de la gloria detallada en los ardores sigilosos del vientre.
En los derramados ritos: costumbre, hastío. El soliloquio de los abandonados.
Azar narrativo de los cuervos, vuelo exacto de buitres, fue aquella imagen reflejada en la húmeda pared de la caverna.
En el espeso cuerpo del templo, hubo de luces mayor oscuridad. Sobre los ojos negados… negación.
El César recibió sus monedas, horadando las manos del mendigo, tomó el Cáliz, repartió las gracias a Dios, sofocó cada misterio, cada bendición.
De la desemejanza: un naciente de espejos sin país ni cuento, memorial de una fe pesada… rendida
ESPERANZA
Abrazas magias y menudas descripciones, artificios colgados en la parte magra del viento.
Ellas, soluciones escuetas, formas de simplificar a la cruel razón.
A sus álgidas pupilas te agregas, como un punto detenido en el soplo de la oscuridad.
No rondas ebrio en la noche de omitida luna, no plantas verdades en el cuerpo apasionado de las confusiones.
Pequeño, sólo abrigas la abreviatura del nacimiento, en las fluviales corrientes, donde la balsa parece repetir los signos de un viaje siempre inconcluso.
Ahí conocí de ti, pleno de rostros, de todos los rostros tuyos y míos.
Salimos a dar la buena nueva: el amor no tiene definición.
Entre tu silencio y el mío, la ausencia hace ruido.
ETERNIDAD
Nubeantes espacios acosan los relatos salidos de la intempestiva huída, propuesta antes del amanecer.
Corrompe el sendero la espina y la flor, ínfimo artilugio de una peste melancólica, adquirida junto al ayuno, en el fragor de la guerra cotidiana. La estulticia crema toda posibilidad de salvación.
Galas de siervo, nombre de esclavo, obran como las manos de un abandonado, sustraen de cada párpado las imágenes que describen caídas y cumbres, promesas de una eternidad pasajera.
Tenues elementos colapsan la espera, se acumula el recurrente memorial del repatriado.
Nada dijimos de seguir o cesar, nada escribimos en el papel vació. Estábamos presupuestos en los infinitos días del regreso.
SUEÑO
A la quietud de la llovizna, agranda el deshojar del reino. Plumas de aves traslúcidas se mueven a la velocidad absurda de los astros.
Quizá en el desove del rio, la frecuencia invernal tome de cada piedra: alacranes y centauros. Huella segura, esa visión atormentada, hecha delta en la confrontación de sueños y delirios.
Tal vez el llanto sea el gesto contentivo del doblegado Dios de las estaciones.
Tú, entre tanto, sostienes la mirada amarga del miedo.
Extranjeros corrompen el latido lejano, de ese estar mío, acostumbrado en tu vientre.
El camino llama feroz. Impenitente el labio escucha en su peso, recuerdos sobre la lejanía.
Alguna vez el día fue nuestro vasto dominio.
PENITENCIA
Oscila entre las horas la volátil canción de la hostilidad. En vinagre amanece la ternura, evocando solitarios ruidos, concretas lejanías, promesas, tantas palabras como gestos.
De memorias, la pared se astilla en el sombrío destino de la que vendrá.
Ella, trae un gajo de sol en sus ojos, lo lleva hasta la celda, amamanta al condenado, fragua una cascada de elementos y oraciones.
Ecuatoriales brasas inclinan a la profundidad, el grueso olor del instante.
Sueñan los costados hasta despertar en la forja, donde el hueso es un jirón de la mirada.
HISTORIA
Abre lívido el tallo, dibuja en el almagre: entrañas, temerarios apremios. Alquimia de una bondad en desuso.
Sobresaltos de la historia mueven el carro del peregrino. Se exilia en los escarpados, nace como tienda furtiva en diminutas gotas, se agranda en el martillado destello del movimiento.
Amuralla la voz el sempiterno centellear de un viento brusco y feraz.
Las golondrinas retoman una ciudad de veranos desahuciados.
En el azogue recurrente cada calle es un cadalso. Sempiterna remembranza de héroes pétreos aniquilados en pequeñas grescas, ensayos ruinosos en las notas apócrifas de los vencedores.
Confusas sensaciones vienen y van sobre el líquido rompiente de las rocas.
El primer llanto del alba acarrea, infantes rayos de sol, el postrero rocío de las promesas.
CERTEZA
Soberbias líneas contienen la venenosa salud de la verdad. Hemos sido vulnerados por un linaje de ingentes razones.
El ojo demostró cuál es el tamaño indivisible del error.
Cálidas amenazas retornan juntando el antaño de las glorias y la sospecha en el porvenir.
Un ave de voluntad quebradiza y enferma, brinda a la salud de la duda, contrae la mirada, cierra de golpe cada certeza,
Detenidas en el césped del campus yacen las antorchas de Alejandría.
Nunca tantos monumentos cayeron en el mínimo sentido de una interrogante.
No creímos estar colosalmente desnudos, mirándonos el rostro reflejado en la intemperie.
Si nos da tiempo de despertar ¿Renaceremos?
VERDAD
Húmeda atravesó el arco del relámpago, estocada por la luz, giró, hasta hacer del viento un anciano cansado, casi inmóvil.
Sorbe sin descanso: el humor de las caracolas habitadas en la sima de la fatiga, el rumor etéreo contenido en los cimientos del templo.
La cima no atestigua absoluciones de culpas, ni dolores de penas.
Infames sombras cayeron como despojos de un Dios negado en la garganta de los gallos.
Infames fueron los cortejos de celebración, los lamentos brotando de heridas indecibles.
Batalla singular esta, cuyas armas, bordearon el filo de la irrealidad, más parecía un invento, la obra de un sueño, que una verdad inexplicable.
Se nos dijo que en un acto de fe: toda bondad es simulacro.
DUDA
Desenfunda su filosa Cruz cuando la sombra de la noche es más sombra que noche. La conjura convoca a los condenantes: a sus miserias, a sus virtudes.
No hay palabras salvadoras, ni actos redentores. El horizonte vierte un vaho de infamantes silencios, menudo es el guión donde el cuerpo encuentra el rastro de la culpa.
Las navajas hacen piel del movimiento, de estruendos se cubren las páginas venideras.
En los costados: ni la herida, ni el sudario, un solitario ayuno enciende el crepúsculo.
Sirve la mesa con efímeros frutos del desquicio, obra de un pintor anónimo abatido en alguna de las intermitentes confrontaciones emergidas, a voluntad de la intriga, de las carencias.
Creímos ser sujetos de un verbo infalible, pleno de perfección y eternidad.
Camino de los salvos… ¿La espina, la Cruz o la perturbadora vida?
GLORIA
El Caracol absorbe los últimos hilos de luz derramados de la copa. La madrugada injuria alientos y bendiciones.
Golpes al aire confrontan un enemigo íntimo. Haciendo fondo en el espejo, la demencia. Imagen orbitante, seguro vértigo atado al diadema, como una sentencia enunciada por los quiromantes del circo.
Golpes de certeros heraldos preludian la continuidad de un frío porvenir. La batalla culmina el largo recorrido de un Eros desastroso y vengativo.
De calladas voces y umbrales quebrados en la sempiterna inquietud de la carne, están colmadas las noticias.
Señales vertiginosas retumban en los símbolos viriles de un altar ido.
Cuerpos inermes completan con absoluto destino, la menuda historia de todos los días.
ORIGEN
Los temblores retornan desde un instante de iniciáticas costumbres, lejura impensable en la efímera circularidad del retorno.
La coloración de sus manos anuncia un arraigo obligado, trazas del artificio ocultas en el barro, sostenidas, cuando aún medraba la salutación del látigo en su escarnecida espalda.
El calor de la tierra sosteniéndole el pecho. Cascadas de reliquias son continentes de la hora eternizada en la empinada oración sustentada con acerados escapularios.
África es un remembrar, una corriente de rocas desgajadas del inmenso tronco inicial, quizá, vestigio negado en el estallido forzado del olvido.
¡Renace! ¡Renace! ¡Renace!
Renace más allá de las costillas, toma tu nombre del alba y del rocío, quiebra las historias en astillas de naturales reflejos.
Toda altura es un armisticio, primicia que llega como caída.
PROMESA
Lacerados desde las rodillas, los ancianos migran a las sombras declinantes, entregan las llaves y la voz.
Quien tiene santuarios como destino, tomará vinagre en lugar de vino.
No habrá quien reciba la sonrisa olvidada de algún Santo en mengua, ni el astuto ardid desprendido de una copa, dará suficiente arrojo.
En cada línea, las ventanas y las puertas estarán borradas. Muelles escurridizos negarán el espacio.
Ni abismos ni cimas reflejarán el brío de un Dios extenuado, casi extinto.
El gesto… un homenaje a la derrota.
PATRIA
Astillas del mapa obran de bitácora al náufrago, el horizonte es una línea pasajera, distante, corrompida de lejura.
Hilos de arena florecen de instante a instante. Lluvias de un sol anegan con furia demencial, los lacres del anochecer.
Nortes y Sures muestran sus condolientes rostros, en palabras dentelladas. Ahora la luna testifica la volátil candidez del resuello.
Extranjero en el vacío del nombre, busca cobijo en el errante croar de las ranas, en la música terminal de las cigarras. La brújula escapa en la incendiaria quietud de la muerte.
Sobre la arena, el viento hace de malabarista y mago. La voz, un silencio de inánimes dimensiones. El tiempo, un lugar vaciado en la nada.
Un hombre en la habitación cena soledades y delirios. Ninguna ciudad es más ancha que el exilio.
ESPERANZA
Las mujeres blanquean la tarde con sonrisas, hablan con desenfado de cómo esquinar el tiempo del amor en las endebles alas de la eternidad.
Esperan de la mar, leñosas horas para encender de gargantas, al horizonte.
Sonatas del deseo gotean aletargados ritmos donde cada ausencia es rostro.
En el muelle renacen los colores múltiples del vientre. Una sílaba de mil idiomas compone la cifra cierta del parto.
Inmensos tiempos de sudor se devuelven, sobre el ondulado lomo de un amanecer de letras insurrectas.
Tejerán con arena: escarpines y mantas. No habrá lágrimas para doblar el borde de las agujas.
Comprenden el ciclo del abismo. La distancia ahogada en la distancia.
MISMISIDAD
Erguidos centuriones al pie de los corceles, abarrotan el mercado de esclavos y profetas.
Avasallantes aúllan: lobos y bendiciones.
La piedad vocea con igual furor: látigos y comuniones.
El Alucinado demanda para sí, un reino.
Ensordece a la multitud: la acritud delirante de los condenados, la ordenada paz de los salvos.
El valor de las almas se tasa en monedas, absuelve el mercader, calla el misericordioso.
El Alucinado demanda para sí, hiel y vinagre.
En un vuelo Madrid- Cisjordania, clase ejecutiva, ella, sin documentos, deportada; él, alucinado ciudadano sin ciudadanía, escuchan la grabación: “Padre por qué me has abandonado”
BONDAD
El bosque engulle, letales sopores de la arena. Crueles aves, imantan con heridas, cada palmo del viento y del deseo.
Hebras de un hilo suicidante, tejen como algas de preludios, los finales. Quiromantes, leen las líneas en el mapa, adivinan en las hojas, al otoño, a la noche le adivinan, oscuranas
En gigantes témpanos de hielo, sirenas amantan la tristeza. Los infantes labios de la muerte, marcan sus latidos, en un ábaco.
Luces de luna en el poniente, salan con ardor la bienvenida.
No hay alfombra ni panteras de tinieblas, no hay augurios ni heraldos, ni equipajes, no hay soledad, ni solitarios, ni memoria, ni piedad, ni bondad, ni beatos de cal soplan auroras
No hay sorpresas en los ojos, no hay asombros dialogantes, sólo cruces de venenos en los cielos, sólo Dioses desprendidos en reyertas, sólo Ángeles atrapados en botellas, y… palabras, y palabras y palabras.
TELE-VIDENCIA
Érase un castillo de hojalata, de enfermos titilares, de eléctricas murallas, con torres de espuma, incoloras soledades, dóciles tigres, moldes, risas, algunos llantos.
Érase una princesa de sortijas y guijarros, unos guardianes de limos negros y cobalto, canes de hule, tristes bufones, sagrados santos.
Érase un pie, una nariz, unos cigarros, una escalera sin destino ni peldaños, una pasión de gélidos arcanos, una figura desnuda con su manto.
Érase un volcán pleno de manos, un inflamante lago de gusanos, el casquillo de un disparo sin disparo, el mudo ruido de sonidos no sonados.
Erase una vez un mundo, una pantalla
POSMODERNIDAD
Se detienen los corceles de la suerte, en la espalda solitaria de los dados. En boca de un tahúr, reinan, imperiosos corazones desgastados.
Al levante, polvos germinales, labran con uñas, maderos ancestrales. Dios labra las venas y la sangre: de los asfaltos, de los dinteles, de la carne.
En los hombros del Titán giran los mares: breves oleajes, notas musicales. A su compás danzan riscos y manglares, duermen ninfas, arrulladas, en vitrinas de los centros comerciales.
Toda soga anuda exiguas aflicciones, en la conjura de aceros y cristales.
Amantes rompen, cordones y guirnaldas, vacían las notas, del vino y la guitarra.
En un extremo, vientres, legos presurosos, en otro, quicios de absurdas novedades.