TEXTOS DE AMOR INDOCUMENTADO DOCE
DESTERRADOS
Decidieron decirte
qué hacer al levantarte
cómo cruzar la calle
eso de obedecer ante las luces del semáforo
Quisieron aconsejarte
la cantidad de vegetales
que debes comer en la semana
con cuál color combina el naranja
si los zapatos reflejan el alma
o es el alma la que refleja a los zapatos
si te queda bien la chaqueta blindada
o debes blindarte el rostro
para ocultar el volumen de tu rabia
Suspiraste
ante el amargo gusto de contar
cómo la tristeza derrumbó
la línea de la frontera
Hablaste del silencio guardado
ante los oídos del torturador
Con firmeza negaste saber
dónde se ocultaban los combatientes
Tus labios inflamados
fueron devorados por la electricidad
Apretaste tu pecho contra el pecho de DIOS
Cada día las oraciones
quebraban esa lejanía
que es el destierro
UNA MUJER ES EL FONDO DE SUS OJOS
Arriba del Arca de la Alianza
ronda el odio
la ensombrecida forma de la muerte
arrastra las piernas
sus pesadas ondas de fuego
brotan como juncos
Tras el polvo
los niños duermen
desnacidos
Agotado el llanto
el carbón enciende los rostro
Una mujer es el fondo de sus ojos
Antes
las brazas de la vid enceguecen
en la tienda del beduino
las horas de otro día
Se sella con niebla cada herida
Sión no ha logrado apresar
la parte viva del grito
que estalla
sin doblegar la mirada de las viudas
Ángeles armados de ternura
Huesos
hojas de los libro
latidos
corazones
No hay clamor
no hay armisticio
De pie
los pájaros del día
De pie
quien entra al paraíso
De pie
el sueño
la vigilia
De pie
el olvido sin olvido
La venda no puede cubrir
al cactus astillado
ni el perdón cobijar
el largo llanto del Dios de Palestina
Aloud
Me di cuenta que las palabras eran un cálculo diletante y las miradas un ruido trashumante, que soñar era un peso a veces arrogante, a veces una vigilia que punza la ira de los Dioses en la anchura donde el hambre es algo más que el reverso del concepto lleno.
Tocando las puertas del sosiego encontré que la cordura es un animal de vegetales composturas, que las campanas a lo lejos hacen ruido si los nidos de la historia son capullos sumergidos, en el oleo de pintores subversivos.
Cruzando el jardín de los milagros, tomé las manos con las que dicen que Dios unió polvo cósmico, aliento espacial, agua del estanque universal e hizo barro, yo no sabía si preguntar cómo es que algo tan elemental puede todo complicar, o ser soberbio y afirmar, que entre real e irreal, alguien perdió la llaves del planeta.
Escribí sin esperar a las musas ni a otras fieras, ahí comprendí que la razón anda de prisa, pues es desnuda de cabellos y en los dientes, pobre de ella, en sus dientes no vive el pan de la sonrisa.
Escuché el silencio y no callé, por ello, hube de ver en el sentido de la brisa, que las manadas imponían cotidianas estulticias, mientras se abrían los diques colorantes de las ondas y los satélites traían noticias sin noticia.
No habían voces en los labios, ni maderos en la Cruz, era todo un abrigo de hojalata. No estaba Barrabás en el estrado, ni Jesús rendía su fuerza a los romanos, estaban deshielando al verbo ser, mientras creímos conjugar amor con odio, pasión con fe.
Me di cuenta que una bala es del tamaño del Génesis, que un instante es más largo que la eternidad, que restar es sumar al lado opuesto, que un mago inventó lo relativo, y la manzana de Eva descubrió la ley de gravedad.
Caín explica cómo se cae de la certeza a lo incierto, Abel supone las ocasiones y las serpientes llevan en vientre, la primigenia hija de la verdad. Nacer ¿será mentira o será verdad?
En ese tiempo de momentos, de amantes instantáneas full color, encontré en la cúbica raíz de los problemas, las mil maneras de sustraer a la cifra del horror, intensas siluetas, más el algo presumible del dolor.
Estos versos de amor indocumentado no son brillantes, ni siquiera es escritura refinada, soy torpe, no tengo facilidad con las metáforas, ni mucho menos facultades líricas, pero cuando me di cuenta que no deseaba ser estatua, ni nombre homenajeado en la bienal de los aplausos, decidí escribir hasta encontrar, en el solar de las palabras compulsivas, una condena que me salve del horror.