Nuevas relaciones de poder en el marco de la organización para la participación y la emancipación.

 

Nuevas relaciones de poder en el marco de la organización para la participación y la emancipación

 

 

 Carlos Manuel Cadenas

enero 2010.

 

 

 

Cuando nos enseñan qué pensar en lugar de cómo pensar, terminamos sin pensar. Marvin Kaplan                                                

Quien aprende sin pensar es un tonto; quien piensa sin aprender es un peligro. Confucio

La actividad humana consiste en acción y reflexión: es praxis y es transformación del mundo. Y como praxis, requiere teoría para iluminarla.  No puede ser reducida ni al mero verbalismo ni al activismo. Paulo Freire 

 

 Cuál es el problema

 

Ante una dificultad, tendemos a reducir su expresión para que lo resuelva un experto. Estamos empeñados en producir respuestas sin interrogar, o en teorizar sin hacer, o en hacer sin teorizar, también en creer que la realidad es cognoscible con simplezas, que nos basta entender como están organizados más o menos sus elementos, identificar sus “causas no causadas”, sus efectos fenoménicos, sus explicaciones objetivas, entonces proyectamos, desde nuestro exclusivo campo cognitivo, una solución. No nos involucramos, no abrazamos la cosa, ni la incorporamos a nosotros, ni la vemos como parte de una continuidad donde el individuo complementa al otro, y el colectivo es algo más que un dato. Está bien de soluciones esotéricas de expertos, de magia metodologal, de centrar el objeto de estudio obviando al sujeto, basta de pensar que somos los colonizadores de la dificultad, agentes de un tareismo ilimitado en sus yerros, regodeado en la saciedad de sus aciertos. No somos poseedores de un centro de respuestas infalibles, comprendámonos en tanto colectivo de seres que nos complementamos para encontrar lo que nos busca. Una dificultad no es la simple manifestación, cada dificultad es multiplicidad compleja, globalidad, amerita una solución del mismo tenor, la organización.

 

Organizar es construir superando el escollo de las disciplinas, la fragmentación; construir invitando a participar sin estar atados a las absolutas intenciones totalitarias de la verdad; construir democratizando la investigación, desfetichizando métodos y metodologías, desmontando el discurso de la especialización tramposa y monopólica; construir sin el culto a los expertos; construir comprendiendo que el otro existe y cuenta, que nunca partimos de cero, que revolución es transformación y si algo se transforma es porque antes es existencia; construir asumiendo el rol protagónico de ser arquitecto de la unidad en la diversidad tiene, en el campo de la investigación acción, sus espacios: la interdisciplinariedad, la pluridisciplinariedad, la trasdisciplinariedad y las regiones donde se entrecruzan los discursos: el contexto, la vida cotidiana.

 

Construir  salidas a una dificultad como la de las relaciones de poder  pasa por comprender que cada dificultad proviene de un continum, por tanto es resultado, pero que ese continum es una multiplicidad de relaciones que impactan el presente del sujeto y su proyecto de vida. Siendo el sujeto a la vez, travesía de una polifonía de discursos y prácticas, también comprendiendo que esa multiformidad objetiva-subjetiva es a la vez causa y efecto, por tanto, está imbuida en el tiempo, es lenguaje, conducta, comunicación, cuerpo, mito, sociedad, especie, individuo.

 

  La demanda social de organizar y direccionar los servicios educativos públicos implica necesariamente repensar el sistema, observarlo inmerso en sus profundas asimetrías, en sus anacronismos, pero de igual forma, está relacionado con la construcción, desde el trabajo colectivo, de los mecanismos teóricos y prácticos que permitan por un lado el mejoramiento de la calidad de la educación, por otro lado, sirvan para fortalecer la transformación social desde el contexto más próximo de los  ciudadanos, en una estrategia de desarrollo endógeno donde lo local y lo territorial cobren importancia, desde luego, teniendo como soporte la institución educativa en tanto núcleo transformacional, amén de  servir para modelar nuevas estructuras de participación, formación y protagonismo comunitario.

 

Aparejada  a ello, debe estar un cambio en la conceptualización  de la educación, haciendo que esta responda a las necesidades de los habitantes, se centre en la solución de problemas, es decir, hacer del plantel educativo el centro constructor de nuevas relaciones societarias y humanas.  

Ahora bien, en el marco del cambio propuesto en el modelo educativo venezolano, consustanciado con la oferta que desde la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela se plantea: … refundar la República para establecer una sociedad democrática, participativa y protagónica (Preámbulo de la CRBV)

Este presupuesto teórico obliga a definir la palabra democracia, en tal sentido encontramos que quizá la  tesis más simple y más profunda la de Abraham Lincoln en el siglo XIX, según él la democracia  es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, de ahí que el planteamiento de ver a la democracia como expresión del poder popular es legítima y necesaria.

Para Arblaster (1993, pág. 15) "en la raíz de todas las definiciones de democracia está la idea del poder popular (...) de una situación en que el poder y quizá también la autoridad descansan en el pueblo”.

Pero de la visión del poder que se posea depende la construcción del PODER POPULAR, su significación y resignificación pasa necesariamente por desnudar su naturaleza, encontrar sus nexos en lo que Adler consideraba la principal pulsión humana.

Para Weber (1977, pág 43) el poder es "la probabilidad de imponer la propia voluntad, dentro de una relación social, aun contra toda resistencia y cualquiera que sea el fundamento de esa probabilidad”. Obviamente, la perspectiva de Weber nos da una primera característica del poder: una voluntad singular (de clase social o grupo de dominio) que se impone a una resistencia que es en primera instancia particular (del ser social) y además es la suma de voluntades sujetas, es decir la pluralidad de subordinados. Weber va más allá y afirma que el poder existe y subsiste si abre la "probabilidad de encontrar obediencia a un mandato de determinado contenido entre personas dadas”.

La segunda característica del poder que derivamos de Weber es entonces la voluntad de dominación. Según Aron (1988, pág. 48): "La dominación supone un cierto grado de institucionalización (sin la cual el dominante no se atrevería a mandar) pero el término de dominación evoca la relación directa entre el amo y el servidor más que la relación entre el gobernante y los gobernados"

La dominación en tanto relación de que supone la imposición de la voluntad de unos sobre la resistencia de otros conduce a reflexionar el poder como modelante de los colectivos, en esta dirección apunta Arend (1986, pág. 84), para él "el poder no es nunca una propiedad individual. El poder pertenece al grupo y sobrevive sólo en la medida en que el grupo permanece. Cuando decimos de alguien que se encuentra `en el poder', lo que queremos decir es que su investidura de poder proviene de un cierto número de personas que lo autorizan a actuar en su nombre”

De la voluntad de dominación entendida en los ejidos de la propiedad se desprende que toda relación de poder es una relación entre grupos sociales que subyugan o resisten, los unos son propietarios del poder, los otros se resisten y se plantean la construcción de otro poder.

No se trata solo de las instituciones que expresan el poder, más bien refiere una inmanencia definida por Foucault (1973, pág. 123) "el poder no es una institución, no es una estructura ni una fuerza de la que dispondrían algunos: es el nombre que se le da a una situación estratégica compleja en una sociedad dada”

Tal inmanencia compleja recorre cada una de las relaciones sociales, incluyendo lo individual y lo colectivo, su expresión toma cuerpo en las acciones humanas, desde la familia hasta la comunidad. Foucault (1973, pág. 123) plantea "que el poder es coextensivo al cuerpo social; no hay entre las mallas de su red playas de libertades elementales” por lo que el poder envuelve y subordina a cada uno y a todos, adicionalmente, ni se está exentó de los vínculos y afectación por el poder, ni se puede ser neutral sin convertirse en reproductor de la dominación o de la resistencia.

No es posible situarse al margen de ese espacio estratégico del poder, pues "no hay relaciones de poder sin resistencias, que estas son más reales y eficaces en cuanto se forman en el lugar exacto en que se ejercen las relaciones de poder" (Foucault, 1981, pág. 82).

Quienes padecen el ejercicio del poder pueden a su vez actuar y de hecho actúan como resistencia, esto no necesariamente implican su inserción en una estrategia orquestada para tal fin, tampoco son actos meramente accidentales o simplemente fortuitas, hay intencionalidad, allí donde hay manifestaciones del poder habrá resistencia al poder, o como lo describe Foucault,  "actúa sobre sus acciones; una acción sobre la acción, sobre las acciones eventuales o actuales, presentes o futuras"

Walzer (1988, pág. 65) plantea "No puede haber una toma del poder si en el centro no hay nada que tomar. Si el poder se ejerce en innumerables puntos, entonces se le debe desafiar punto por punto". De ahí que cuando existan paradigmas contrapuestos lo que se orquesta es el enfrentamiento entre la fuerza de la tradición y la fuerza de lo emergente, obviamente, los que ostentan el poder de la dominación  establecen la hegemonía y el control de la sociedad por intermedio del Estado.

El Estado, en tanto propiedad de clase, y manifestación tangible del poder, está al servicio de un grupo social determinado, en concordancia con esto, dicta cada prerrogativa, cada pauta, cada ley, impone los patrones culturales, comunicacionales, económicos, organiza las relaciones sociales y de producción, impone la educación, se legitima en la idea de sociedad que explicita en la cotidianidad de la vida, haciendo ver que las relaciones de dominación son naturales e inevitables, pues los grupos dominantes establecen un cuerpo de ficciones imprescindibles para el logro de la continuidad del poder.   

A la luz de la visión de poder como expresión hegemónica de clases se plantea la categoría de participación, al profundizar en las matrices que fundamentan y hacen concreta la democracia prevista en la Constitución de 1961 apreciamos que la participación directa de los ciudadanos en las cuestiones sociales que les afectaban estaba condicionada por la forma como se estableció la democracia en nuestro país. Jurídicamente, el ordenamiento político venezolano pasó de un régimen autoritario (gobierno de Pérez Jiménez) a otro de corte “democrático” que suponía fundar un sistema atado al  principio formal de la igualdad de los ciudadanos y de su derecho a participar en la organización de la vida social.

Ahora bien, en la práctica este cambio se efectuó a través de un proceso “consensuado” mediante pactos protagonizados por cúpulas dirigentes de las distintas fuerzas sociales (Pacto de Punto Fijo) en detrimento de la transparencia informativa y de la participación directa de las bases populares. De este modo se institucionalizó un modelo de democracia representativa o delegada que, en su máxima expresión formal, limitaba severamente la participación directa de los ciudadanos en la vida social.

El acaparamiento  de funciones por parte de la administración, el elitismo de los partidos, corporaciones y sindicatos mayoritarios y la primacía de intereses trasnacionales apenas dejaban espacio a la auto–organización e intervención directa de colectivos sociales.

 Por otra parte, desde el gobierno se  reforzado el papel mediador y políticamente neutro, o neutralizado, de los técnicos y profesionales (la gerentocracia matizaba con morbo una división del trabajo que hacía aparecer todas las desigualdades sistémicas como meras faltas de administración), en cuyas manos se dejaba, tanto el diagnóstico como el abordaje de los problemas y desequilibrios que provoca el sistema social.

Pues bien, refundar la República para establecer una sociedad democrática participativa y protagónica supone una ruptura radical con la Constitución de 1961, es decir, transitar de una forma de democracia formal representativa, unívoca, uniforme. En la Constitución de 1961 se define que). “El gobierno de la República de Venezuela es y será siempre democrático, representativo, responsable y alternativo” (Art. 3, donde el concepto de participación esta constreñido al acto periódico de votar sin elegir, así mismo en la Constitución de 1961. “La soberanía reside en el pueblo, quien la ejerce, mediante el sufragio, por los órganos del Poder Público” (Art. 4), limitando de esta manera el derecho social de decidir, pues en el ejercicio democrático representativo se  incauta lo esencial de la democracia que es que la gente se involucre en la dirección de los procesos político sociales que expresan sus intereses, en consecuencia, la ley marco de la República sostenía un modelo de dirección política que arropaba a la totalidad, con ello a la dirección de proceso y al proceso de dirección de cada institución, desde la escolar, pasando por las estructuras gubernativas, hasta las estructuras de organización comunitarias.

 En este sentido, en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela (CRBV) la construcción de la sociedad democrática es una tarea del Estado y de los ciudadanos, como aparece tipificado en el artículo 3 de la CRBV: El Estado tiene como fines esenciales la defensa y el desarrollo de la persona y el respeto a su dignidad, el ejercicio democrático de la voluntad popular, la construcción de una sociedad justa y amante de la paz, la promoción de la prosperidad y bienestar del pueblo y la garantía del cumplimiento de los principios, derechos y deberes reconocidos y consagrados en esta Constitución). Además en este mismo artículo con toda claridad se señala el camino: La educación y el trabajo son los procesos fundamentales para alcanzar dichos fines.

Abundando en los detalles, el ejercicio de la voluntad popular es el constructor de la nueva democracia, además una garantía que viene a sostenerse como deber y derecho continuo, proseguido desde la educación y el trabajo como fuentes inmanentes para propiciar la transformación. Los sujetos de hecho y de derecho son los hacedores del Estado, en el Artículo 4 de la CRBV se señala: La República Bolivariana de Venezuela es un Estado Federal descentralizado en los términos consagrados en esta Constitución, y se rige por los principios de integridad territorial, cooperación, solidaridad, concurrencia y corresponsabilidad.

Estos principios generan una demanda lógica: el diseño de escenarios de participación, de igual forma, una reconceptualización de la dirección del proceso, del liderazgo, de la colegiación del proceso de dirección, atendiendo desde luego al significado de soberanía que recoge el artículo 5 de la CRBV: La soberanía reside intransferiblemente en el pueblo, quien la ejerce directamente en la forma prevista en esta Constitución y en la ley, e indirectamente, mediante el sufragio, por los órganos que ejercen el Poder Público. Los órganos del Estado emanan de la soberanía popular y a ella están sometidos.

El diseño de escenarios para la participación se debe entender en el marco de lo micropolítico, donde la dirección del proceso educativo se establece a partir de la relación entre los grupos de poder, aún más, entre la contradicción entre las ideas de mantener el establecimiento organizativo y el poder de la tradición y las ideas de construir democracia en el recuadro del poder popular. Se trata entonces de formar para la participación, alejándose de los grandes principios de la representatividad,  vinculando la participación a lo concreto.

Uno de esos concretos es la toma de decisiones, esta debe comprenderse como un proceso más político que técnico condicionado por el juego de fuerzas internas que interactúan en la escuela. En consecuencia, cada espacio de interacciones es un escenario donde el poder se manifiesta con su disyuntiva dominación- resistencia. Un modelo para la participación no eliminan esta contradicción, solo transparenta la relación, haciendo aflorar las contradicciones.

La participación como principio influye en lo organizativo y lo organizativo estructura órganos que colegian la decisión en los centros escolares. Derivando esto en que el espacio micropolítico que es la institución escolar, construye valores para la participación.

En sentido complejo PARTICIPAR es  diagnosticar, proponer y planificar, decidir y activar, elegir y  controlar, organizar y organizarse, además, cogestionar la institución, es decir, en tanto temporalidad, participar es, más allá de actividad en el presente, un camino constructor que edifica el porvenir, poniendo el presente entre signos de interrogación.

¿Se puede construir un nuevo modelo político y social que se estructure a partir del poder popular, dejando incólume las estructuras y fundamentos teórico prácticos de la dirección concebida en la sociedad de dominación?

¿Cuál es la relación de la dirección con el poder en el marco de una educación emancipadora?

¿Hasta dónde se puede replantear la dirección como formadora de organizaciones participativas y propiciantes del protagonismo social?

 

 El reto.

Al revisar el reto que la educación tiene en el marco de la construcción del nuevo tejido social que impone el nacimiento de una institucionalidad que avance en la cimentación de poder popular comprendiendo que  “La educación es un derecho humano y un deber social fundamental, es democrática, gratuita y obligatoria(…)  La educación es un servicio público y está fundamentada en el respeto a todas las corrientes del pensamiento, con la finalidad de desarrollar el potencial creativo de cada ser humano y el pleno ejercicio de su personalidad en una sociedad democrática basada en la valoración ética del trabajo y en la participación activa, consciente y solidaria en los procesos de transformación social consustanciados con los valores de la identidad nacional, y con una visión latinoamericana y universal. El Estado, con la participación de las familias y la sociedad, promoverá el proceso de educación ciudadana de acuerdo con los principios contenidos de esta Constitución y en la ley”. (CRBV Artículo 102.)

Democratizar la educación, adaptarla a la  participación como valor sustancial es imperativo, de ahí la necesidad de someter a la organización actual al escrutinio minucioso, revisando la teoría que sustenta la organización, desvelando la formas que adopta  el poder. En sintonía con una escuela que se presente con planteamientos organizativos que vayan más allá de lo  individual, que doten de un significado grupal y político a cada centro de trabajo educativo.

Lo jurídico planteado en la CRBV y la LOE indica que  la política de dirección se debe adoptar como expresión de lo grupal, como espacio de referencia democrático donde la lucha entre dominación y resistencia encuentre fórmulas para superar los estilos burocráticos de dirigir,  porque, frente a las limitaciones propias de lo individual y personalista de las actuales estructuras de dirección, se debe avanzar en la construcción colectiva de la decisión.

Es el grupo multidisciplinar y heterogéneo quien garantiza la apropiación de la democracia directa no como implantación de paradigmas sino como formación de ciudadanía. Ciudadanía capaz de entender su papel histórico en la propuesta de nacer al protagonismo, más allá de la retórica vacía, nacer por necesidad para la supervivencia política de los dominados, nacer en una resistencia que permita acceder al poder a sujetos considerados por la tradición como testigos, pero que ahora, en el tiempo de la invención de otras posibilidades civilizatorias, estos sujetos son actores y autores de la educación y hacedores de estructuras sistémicas cercanas al contexto y al ser.

Este contexto, marcado por el protagonismo de los colectivos en el juego político, en la toma de decisiones y en la redistribución del poder, convierte a la participación  en una herramienta ofensiva que canaliza la lucha por la construcción del nuevo tejido social planteada en la CRBV. Esto no significa la supresión mecánica de la dirección burocrática, hecho imprescindible en la conquista del porvenir, se trata de encontrar la organización que permita el desarrollo del conflicto del poder  entendiéndolo como parte constitutiva para facilitar el debate y/o la mejora de la institución educativa en el diseño de sistemas de autogobierno.

 

Es importante tener en cuenta que la participación no se circunscribe a los actos formales de representación de intereses, pues se trata de edificar en el papel formativo de la educación, escenarios que armonicen los intereses de los diferentes grupos, por lo tanto, se trata de comprender que la participación no  se limita a la asistencia a reuniones, a la presentación de candidaturas o a la votación en las elecciones, va algo más profundo, la participación, como un principio presente en la vida, incluye las distintas actuaciones encaminadas a influir en la toma de decisiones, empoderarse de la posibilidad de proponer, planificar, controlar, supervisar y lo más importante, se trata de organizar la dirección del proceso como una figura auténticamente democrática, vinculada al contexto, productora de una referencialidad que forme a los seres en calidad de sujetos habilitados para autogestionarse comprendiendo que son parte de la sociedad, que están involucrados en la conducción de sus propios intereses, que son constructores de conocimiento, conocimiento necesario para hacerse con el poder y ponerlo al servicio de la sobrevivencia humana.

 

La democratización del sistema educativo debe producir, como necesidad inaplazable una visión de la autoridad del director en términos de comprender dicha autoridad coma la función que produzca coordinación del proceso, que aúpe el encuentro de las contradicciones estableciendo fórmulas de colegialidad,  permitiendo la entrada de nuevos colectivos, padres y alumnos fundamentalmente, en los procesos de toma de decisiones, en definitiva, la grandeza de unas nuevas relaciones de dirección están en la horizontalidad entre las partes, horizontalidad que responde a  la de una ciudadanía implicada en la educación como un bien público,  común y definitivamente constructor de sociedad.

 

Al proponernos este trabajo apuntamos a satisfacer la demanda sistémica de transitar a una concepción en la que  la DIRECCIÓN sea “una propiedad, un atributo inmanente de todo sistema autogobernado. Esta es la razón de que la DIRECCIÓN sea la misma AUTONOMÍA, la gobernación con las fuerzas propias” (Afanasiev, s/f, pág. 17), esto innegablemente está íntimamente relacionado en ver al director como parte de una necesidad, asumiéndolo como plantea Marx (1865, 286):“Todo trabajo directamente social o colectivo en gran escala, requiere en mayor o menor medida una dirección que establezca un enlace armónico entre las diversas actividades individuales y ejecute las funciones generales que brotan de los movimientos del organismo productivo total, a diferencia de los que realizan los órganos individuales. Un violinista solo se dirige a sí mismo, pero una orquesta necesita un director.”

 

 

  

 

Bibliografía.

CONSTITUCION DE LA REPUBLICA BOLIVARIANA DE VENEZUELA 24 Mar 2000. www.tsj.gov.ve/legislacion/constitucion1999

 

Anthony Arblaster. 1992. Democracia. Alianza editorial. Madrid.

Max Weber. 1977. Economía y Sociedad, V. 1, Fondo de Cultura Económica, México.

Raymond Aron. 1988. " Macht, Power, Puissance", en: Etudes Sociologiques, Presses Universitaires de France, París.

 

Hannah Arendt. 1986. "Comunicación y poder", en: Steven Lukes (ed.), Power , Blackwell, Oxford.

Michel Foucault. 1976. La voluntad de Poder, Gallimard, París.

 Michel Foucault.  1981. Un diálogo sobre el poder, Alianza Editorial, Madrid.

Michel Foucault. 1988. "El sujeto y el poder", Revista Mexicana de Sociología, No. 3.

 

Michael Walzer.1988. "La política de Michel Foucault", en: David Couzens Hoy (ed.), Foucault , Ediciones Nueva Visión, Buenos Aires.

 

Afanasiev, V.G. (s/f ).  “Dirección científica de la sociedad. Editorial Progreso. Moscú.

 

Marx Carlos (1867). 1965. “EL CAPITAL”. Ediciones Venceremos. La Habana, Tomo I. 

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